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"Saber idiomas es la pasarela a las mejores oportunidades laborales, explorar el mundo a tu antojo, forjar amistades internacionales, y tener acceso a la información más reciente y de mayor calidad a nivel mundial.

Y el inglés es el verdadero pasaporte del siglo XXI"

    Alejandro Castrelo: Creador de Casi Nativo.

Mi nombre es Alejandro Castrelo, tengo 28 años y saber inglés me ha cambiado la vida.

Gracias a mi dominio de este idioma puedo consumir la mejor información a nivel mundial, ya sea a través de blogs, ebooks o vídeos en YouTube. Puedo entender las conferencias TED, sin subtítulos.

Ver películas en versión original sin problemas. Tengo amigos de varios países con los que me comunico en inglés habitualmente. Me ha servido para poder viajar en múltiples ocasiones al extranjero y para entrar en procesos de selección de empresas.

El inglés me ha ayudado a hablar mejor mi propio idioma y a tener una visión más amplia de la realidad.

Me ha permitido conocer a gente interesantísima, además de mil y una razones que ni siquiera son cuantificables.

El inglés es la herramienta de comunicación de este siglo, y me atrevo a decirte sin vacilación que si no sabes inglés estás en desventaja. Si no sabes inglés eres un analfabeto moderno.

Mucha gente, cuando me escucha hablar inglés por primera vez, me pregunta que dónde he aprendido el idioma, y a menudo suele sorprenderse cuando les digo que no estuve en un colegio bilingüe ni en la Escuela de Idiomas, sino que lo aprendí yo solito por mi cuenta.

Mis inicios con el inglés

A los 16 años, después de insistirles mucho a mis padres, tuve la oportunidad de irme durante el verano a la sureña localidad de Brighton, en Inglaterra, a aprender inglés.

Creía inocente que esa estancia (clases + residencia), que duraría 2 semanas y que supuso el desembolso económico de 3.000, iba ser la clave para mi fluidez en el idioma.

Así que en plena adolescencia rebelde, con una incipiente melena sesentera que empezaba a surcar los vientos y una actitud exploradora y de descubrimiento, justo después del viaje de fin de curso de primero de bachillerato en la Costa Brava, tomé un avión destino Brighton.

Decidido a aprender inglés y con la convicción de haber sido de los mejorcitos de la clase en el colegio, me armé de coraje y empecé a hablar en inglés desde que aterricé “con todo el que se cruzara en mi camino”.

El primer intento fue dentro coche que habían mandado desde la academia, con dos chicas lituanas que iban a ser también participantes del programa: “¿Cómo estáis? ¿Cómo os llamáis?”, les dije.

“No entiendo”, me respondió una de ellas. Repetí las mismas frases. Primero, incredulidad en sus caras. Luego, risas. “Tienes un acento raro. No pronuncias. No entendemos lo que dices”.

Ya en el colegio, y tras realizar la prueba de nivel, acabé entrando en el grupo pre-intermediate (más o menos un A2). Fui a mi primera clase y cuanto más hablaba el profesor británico, más larga se me ponía la cara.

No lograba entender nada. Quizás alguna palabra aquí o allá, pero frases enteras era tarea imposible. Los ejercicios de lectura y escritura se me daban mejor, ya que era a lo que estaba acostumbrado en las clases de inglés del colegio, pero en las habilidades orales y auditivas fallaba estrepitósamente.

En la residencia había estudiantes de todas las nacionalidades: turcos, albanos, checos, franceses, y españoles, distribuidos entre los niveles básico e intermedio.

Durante el tiempo de estancia, se avanzaba algo y te esforzabas en comunicarte; intentabas hablar como podías, incluso con señas.

Al final hice muchos amigos y me lo pasé bien, pero la experiencia supuso todo un baño de realidad: si quería avanzar con el idioma tenía que hacer algo diferente. No bastaba con vivir en Inglaterra, especialmente si pasaba la gran parte del tiempo con no-nativos...